Hay gente que sueña con aviones, naves espaciales, Ferrarys…, yo no; yo sueño con tener un barco de papel. Pequeño, cuco…, con espacio para dos, no más. De ese modo, podría moverme de manera cómoda, sin complicaciones, sin horarios, sin normas… Recorrería el mundo, echaría el ancla en todos los puertos posibles, compartiría culturas, aprendería de todas aquellas personas que se cruzaran por mi camino, jugaría con las olas…
Si así fuera no me lo iba a pensar dos veces… Totó y yo emprenderíamos una gran aventura, la aventura de nuestras vidas... Lo prepararíamos todo en un periquete, esperaríamos a tener viento a favor y ataviados con nuestros trajecitos de “Capitán Pescanova” comenzaríamos el viaje…
Nuestra primera locura naval está decidida…
Atravesaríamos el Atlántico y el mapa, dibujado con carboncillo, indicaría la ruta más rápida para llegar hasta la Tía Inés. Nos presentaríamos un día cualquiera, sin avisar, de sorpresa… Nuestro aspecto seguro que no iba a ser el mejor, las caras reflejarían el cansancio de los días en alta mar…; pero nuestros ojos se verían transparentes y felices por el reencuentro… Totó portaría un saco de besos, achuchones y mimos ocultos en bocatas de jamón que regaríamos con litros de Bombay–Limón… Inés nos gritaría “Enana” y “Puto Chucho”, pero nos daría igual porque con nuestra aventura habríamos arrancado su mejor sonrisa… Luego, llegaría una sesión psicoterápica de la Doctora Santín y si la cosa se torciera, estaríamos encantados de hacerle un hueco en el barco de papel para traérnosla de vuelta a casa…





