
Hay otros cafés que han marcado mi vida, como el de la estación de servicio de Paris o el supuso empezar a salir con Agus o el que me bebí prácticamente de un trago antes de dejar a Carlos o al que me invitó alguien con quien jamás pensaba compartir nada hasta aquel entonces o el que saboreaba mientras pensaba que podía ser el último café de mi vida o todos aquellos que me tomo con mi padre o los que se tomaba mi abuelo en Navidad mientras yo le miraba sin perderme un detalle o los que me tomaba en el Starbucks de Recoletos mientras esperaba que Jon acabara el informativo o cualquiera de los del Monterey o aquel que desearía no hubiese acabado nunca o el del aeropuerto de Munich o los que disfruto en la cama...

El café por sí solo es amargo, pero se puede convertir en una de las cosas más dulces del mundo y no únicamente por ponerle kilos y kilos de azúcar; puede ser dulce sólo por la persona con la que compartes ese café. A mí me encanta el café, cortado, sólo, con leche, con hielo, cappuccino, con Baileys… ; pero lo mejor de cualquier café la compañía.


Ah!!, otra cosita, cuando te caes la caída duele menos; hay menos distancia entre tú y el suelo, por lo que el impacto es menor.





